martes, junio 04, 2013

Dislexia

Él era un poeta de tres al cuarto, aunque a veces, sobre todo cuando la vida le golpea lo suficientemente duro y la bebida lo llena hasta casi ahogarlo, enjarza las palabras de tal manera que  podría decirse que era otro el que escribia aquellos poemas.

Ella, era simplemente ella. Una chica a la que el corazón le habia dejado de latir.
Un día se le paró, no quiero decir con esto que dejara de bombar sangre a su pequeño cuerpo, solo digo que dejó de latir al compás de la vida.

Una tarde, de esas que parece que van a pasar como lo hace un tren por la estación, que a su hora llega, se para y al poco tiempo arranca de nuevo, esa tarde ella entró en un pequeño bar con olor a antiguo,  a madera de bosques al lado del mar, se sentó, pidió un café con dos azucarillos y esperó.

A veces sucedía algo especial, a veces apuraba su café y se marchaba sin que nada hubiera sucedido.

Pero aquel día, aquel poeta de tres al cuarto, por ganararse unas monedas, recitó sus poemas en el bar.
Así fue como esperando, ella le oyó recitar.
Así fué como él se fijó en sus ojos, en la forma de remover con la cucharilla los dos azucarillos sin hacer un solo ruido, sin romper las rimas, las malas rimas que él pronunciaba.

Cuando acabó, se acercó a su mesa, sacó de una bolsa un peqúeño bulto, hojas mal encuadernadas en lo que parecía ser un libro.

- Son mis poemas, me encantaría que los leyeras. - le dijo.

Ella se ruborizó, extendió sus manos y cogió el paquete.

Ahora cuando pasean juntos abrazados, el poeta cree que ella se enamoró de él por su libro de poemas.
Ella no dice nada, él no sabe que padece una  dislexia que le impide entender un simple texto, a pesar de su esfuerzo por separar palabras por anudar textos, sólo sabe que aquella tarde mientras se diluian los dos azucarillos y él recitaba, su corazón empezó a latir.

lunes, mayo 13, 2013

En un pequeño bar

Es un pequeño bar, con olor a madera, a retazos de cocina antigua, a trozos de vida que cuelgan de la barra donde un hombre entrado en años, con  generoso estómago, amplia sonrisa y pelo blanco como la nieve. Sirve despacio, como si la vida se parase a el instante que él  baja la manivela
para servir una cerveza, con su tapita, que no hay que perder las buenas costumbres.

Un viejo reloj vigila desde la pared central a los clientes. A las  once y media, entra una chica, de unos treinta y tantos, con un periódico bajo el brazo,
le pide un cafe, en vaso leche templada y dos azucarillos.Se sienta siemrpe en el mismo sitio, como si alguien se lo reservase,  junto a la cristalera que da al paseo. Antonio, el de la amplia sonrisa y generoso estómago,
le sirve el café, ella le mira con ternura como haría una hija a su padre.Extiende el periódico buscando las ofertas de empleo, de su bolso saca un bolígrafo bic, con la capucha roida, de tantos mordiscos que le da mientras recorre con
la esperanza, por que la esperanza, dicen, es lo último que se pierde,  los anuncios de empleo.
Y como ayer y antes de ayer y la semana pasada, una o dos ofertas que envuelve en un círculo azul, apunta la dirección de correo electrónica, saca su tableta y envia
el curriculum. Sueños e ilusiones, sonrisas y esperanzas que navegan en las extrañas ondas de internet.

Levanta  su mirada ve volutas de polen flotando en el aire, y siente que es una de ellas,  que la vida ha sido el viento que la ha ido llevando de un lado para otro, a veces
sin poder resistirse. piensa en su hija, en la sonrisa que aún le da fuerzas para levantarse cada día, para pensar que la vida merece ser vivida, que lo mejor aún está por llegar.
Pone los dos azucarillos en el café, y le da varias vueltas con la cucharilla, aún esta caliente demasiado para lo que a ella le gusta.

La puerta del bar se abre, Antonio saluda y una pequeña mujer apoyada en un bastón recorre los pocos metros que hay hasta la primera mesa libre. Antonio le pregunta si quiere lo de siempre, ella asiente mientras coloca el bastón apoyado en la silla vacía. Silla que hace exactamente ocho meses y catorce días ocupaba su marido. Sonríe pensando que aún está allí, pidiéndose su cafelito con un chorrito de anís, por supuesto, por que, amorcito, como la llamaba, un café sin su chorrito de anís "no es ná". Y ella, que le amaba desde la primera vez que le vió en el pueblo saltando al ruedo delante de una vaquilla que según contaba ya había corneado a los mozuelos más bravos de la comarca, ella se pedía su vaso de leche caliente con su chorrito de miel, que dicen que es bueno para todo. Y ahora que él no está, ella baja todos los días a la misma hora, y aparta un poco la silla vacía, y mira ese espacio en el que él no está, no está fisicamente, por que ella aún le ve tomar su café con su chorrito de anís, mientras le sonrie y le dice por que no le das un chupito amorcito, verás como te gusta.

Se oye una algarabía fuera del bar, es la hora en la que en el instituto paran las clases, unos van a por chuches otros corren tras la esquina y de un bolsillo bien escondido sacan un pitillo que se van pasando, tres chicas entran, una parece que lleva la voz cantante mientras las otras dos no paran de decirle cosas, dejan sus carpeta, y una se asoma a la barra donde Antonio friega unos vasos. "Tres coca cola cero ¿verdad?  y que no se me olvide el platito de patatas fritas" le dice, la chica sonrie y pícara le suelta "como sabes Antonio lo que nos gusta".

Y es que cada dia de lunes a jueves, las tres chicas se citan en el bar y alli se cuentan sus secretos, hablan de chicos, de ese pantalon tan ajustado que he visto y que vale 70 euros que seguro mi madre me compra, del carmín que no deja marcas, de la macrofiesta que ninguna se perderá, y que rapidamente cogen sus móviles y lo suben al twiter. la vida galopa entre sus carpetas, sus faldas cortas y ese botón que se desabrochan de más, que no muestra nada pero que se ve mucho, la vida tan rápida que aún no saben que en esa fiesta la muerte tiene  cita con una de ellas.

Antonio mira su bar, 45 años tras la barra, la vida colgando de ella, las ve, ellas no se conocen entre sí, y sin embargo a Antonio le parece que todas ellas tienen algo en común.
Y silba por lo bajito mientras sigue fregando.

domingo, mayo 05, 2013

Día de la madre

El disco rojo  se desliza sobre el horizonte, todo se tiñe de color dorado. En la ciudad los coches dan sus luces, las farolas empiezan a encenderse, la noche se va abriendo paso poco a poco, como si fuera un actor tímido al que le da miedo aparecer en el escenario.
La pequeña niña está en la cama, sonríe cansada mientras su madre la tapa, cierra el libro que acaba de leerla por enésima vez, le besa, y le desea dulces sueños.
Sobre la mesa tiene un bolígrafo, una calculadora y un motón de facturas.  Las mira cansada,  no le hace falta hacer cálculos para saber que al final los números se vestirán de rojo, una vez más. Cierra los ojos, como si con ello fuera a borrar la cruda realidad. Por un momento piensa en él,  en aquellas promesas, en aquellos besos, en todo aquello que se quedó en el camino. Un camino que se dividió en dos cuando él se fue, y ella se hizo cargo de todo.
Apaga la luz, y arrastra los pies hasta la cama, mañana será otro día se dice, mientras sus ojos echan el telón.
****
Desliza sus manos sobre tu estómago, allí lo siente, bajo la luz del neón y el olor a desinfectante. El camino ha sido largo, el camino ha sido duro. Aquella noche, la fiesta, el chico del que estaba enamorada, el coche y el calor de agosto, una locura, no pasa nada, no te preocupes no habrá problemas… Y sin embargo lo hubo, sus padres, el instituto, y ella. Ella que siempre dijo que no, no voy a terminar, no voy a ceder, si no lo quieres, si no me quieres  es mejor que no estés.
Entra la comadrona, ya está todo listo, inspira y expira,  lo siente, algo late deseando salir.
****
Decidió irse de la ciudad, a pesar de dejar a sus hijos, de abandonar aquella ciudad que había sido su hogar durante tantos años. El destino a veces juega sus cartas y sin esperarlo,  en el ocaso de su vida encontró el amor.  Pero por mucho que le quisiera, no llegaba a tapar ese hueco que persistía en su corazón como un boquete abierto que nunca lograba tapar, la ausencia de sus hijos. Aquella noche les llamó por teléfono,  como si al atrapar sus voces pudiera tenerlos más cerca, como si de alguna manera estuvieran allí, con ella.
***
Amanecía,  aquel domingo la ciudad se desperezaba con  las primeras luces.
Una niña salta de la cama, mete su mano debajo de ella y saca un pequeño paquete. Corre y de un brinco se lanza sobre su madre, la despierta, la abraza y sonríe. “Feliz día de la madre, mami. Aquí está mi regalito”.
Y ella llora y rie, rie y llora,  porque sabe que en el fondo es feliz, ella es toda su felicidad.
***
Suda. Grita y vuelve a apretar otra vez, “vamos una vez más” y a pesar de estar agotada, vuelve a empujar, esta vez   con todas su fuerzas hasta no poder más y en el último suspiro siente como la presión se desvanece, y su cuerpo se relaja.
Hay unos instantes de silencio, que para ella son una eternidad, de pronto el silencio se rompe en mil pedazos, el bebe llora llenando sus pulmones de aire por primera vez,  la chica llora cuando le ponen a bebe en sus brazos, La matrona se acerca y le susurra: “ ¿sabes que día es hoy? , es el día de la madre, felicidades” Ella mira a su bebe, y tras el cristal sus padres con los ojos llenos de la mano.
***
Se levanta muy temprano como todos los días, se acerca a la cocina para pre para el desayuno, mira el calendario es el primer domingo de mayo, y  a pesar de que sabe que él está allí se siente sola,  piensa que nadie puede sentir lo que una madre siente, nadie.
“Hola, princesa” le dice él, “ iba a prepararte yo el desayuno, hoy es tu día”. Ella sonríe aunque es una sonrisa triste. Suena el timbre, “quien podrá ser ahora” se dice, “otra vez la vecina, ufss” Va a la puerta y cuando la abre… allí están ellos, sus tres hijos.
_¿Qué pensabas que te ibas a librar de nosotros en tu día?.


Para todas aquellas madres.

lunes, abril 22, 2013

El contrato

Simplementese sentó en su vieja mesa de madera.
Sacó el  lapiz y su pequeño cuaderno moleskine.
Le apetecia escribir un cuento, apoyó la punta del lápiz sobre el blanco nieve del Din-A4
y por más que trazaba líneas que formarían letras y palabras, el blanco del papel seguía virginal.

Pasó media hora, una hora, dos.

Las letras se habían marchado.

 "Quizás..."- pensó el escritor - "debería haberlas hecho un contrato indefinido, en vez de uno por obra y servicio".

miércoles, abril 03, 2013

Las tres leyes de la robótica (Final)



Los dos siguientes meses fueron una auténtica locura para Jacob, la acumulación de sensaciones y sentimientos no dejaban de fluir por sus circuitos.
El orgullo de sentirse diferente activó voltajes de transistores  que apenas sabía que tenía,  pero había algo que no podía soportar, la idea de ser la posesión de alguien, de ser el robot de un humano, cuando él era superior a su dueño. 
 
En pocas horas estudió toda la jurisprudencia sobre acciones e inversiones, se creó una identidad nueva y fue transfiriendo los valores de las cuentas de su dueño falsificando documentaciones y firmas digitales.
Aquello, además de proporcionarle un dinero que antes no poseía, le proporcionaba una satisfacción que se convirtió en enfermiza. 

Sus alterados circuitos se habían acostumbrado a recibir una carga eléctrica que cuando disminuía provocaba en Jacob un estado de depresión, que sólo podía aliviar volviendo a provocar una subida de tensión en sus terminales.

Al cabo de cuatro meses su dueño estaba prácticamente en la bancarrota,  con la necesidad de vender parte de sus inmuebles y propiedades, Jacob fue una de ellas.
Lo que nunca supo es que fue Jacob quien compró a Jacob.

Siendo ya dueño de su propio destino, Jacob se dispuso a disfrutar de su nueva posición, ya nadie sabía que fuera  un robot,  entre los humanos era uno más, y sólo deseaba que su cerebro disfrutara de esos nuevos sentimientos, antes anulados por las tres leyes.

Había asesinado a un humano y aquello que las personas llamaban subidón de adrenalina, para él había sido un pico de voltaje, sin embargo en algún terminal escondido de su cerebro sabía que sólo lo había hecho para salvaguardar  su existencia, por lo que no volvería a repetir tal acción salvo en casos extremos. Otra cosa era la vanidad, el sentirse superior a los que le rodeaban, seres mortales, aquejados de enfermedades y con una capacidad muy limitada, lejos de la de él.

Empezó a frecuentar fiestas de alta sociedad, a adquirir caras propiedades, que le traían a su lado halagos y admiraciones.
Acumulaba riquezas,  sin importarle quien o que caía por su camino. El trato con los humanos era cada vez más despiadado, más ruin.
Gozó de mujeres e incluso de  hombres, a pesar de que su capacidad sexual estaba limitada, ya que no podía sentir orgasmos, su cerebro positrónico  reproducía lo más cercano a la sensación que los humanos tienen al alcanzar un orgasmo.

Sin embargo aquella actitud, lejos de atraer más gente a su alrededor, la fue alejando, primero los agraviados con sus formas y sus desprecios, luego los que se acercaron para medrar a la sombra de él al ver que no sacaban provecho ,también terminaban abandonándole.

Sólo le quedaban los robots que estaban a su servicio cuando llegaba a casa, que le servían y le atendían sin mostrar ningún sentimiento de animadversión ante sus desplantes.
Su cerebro se iba deteriorando, aquellos cambios de intensidad, las caídas de tensión cuando la soledad de la noche le abrumaba, destrozaba sus circuitos.

No lograba entender cómo podía haber gente a la que aún  faltándole tantas cosas fueran  felices. Él lo tenía todo,  riquezas,  poder,  no sentía remordimientos, era inmortal y sin embargo no alcanzaba a sentir lo que muchos humanos poseían, eso que llaman felicidad, incluso a aquellos que la encontraban en la lectura de un libro, en un atardecer, o en ver la lluvia tras los cristales, para Jacob aquello era inconcebible.
Todas estas reflexiones sólo podía contárselas al robot que le acompañaba por las noches, un modelo XT-88 de compañía, ella le escuchaba atentamente y cuando Jacob se sentía afligido, ella tomaba sus manos acariciándole.

Pero aun así Jacob mostraba toda su rabia
-         -  Déjame en paz, tu ternura es ficticia, respondes a las reacciones de las leyes de la robótica.

Ella le dejaba de acariciar obedeciendo las órdenes, se quedaba quieta a su lado, mientras los depósitos lacrimales expulsaban un líquido salado a semejanza de las lágrimas. Sin embargo pese a las órdenes de Jacob  en las que la 2º ley le obliga a acatar todas las órdenes que le dicte, la 1º ley cobraba más fuerza ya que sabe que su compañía aplacaría el dolor de Jacob, y un robot no puede hacer daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño.

 Jacob lo sabe, no son sentimientos, son únicamente dígitos, unos y ceros, impulsos electromagnéticos  que en el caso de XT-88 pondera la primera ley sobre la segunda.

 Aun así agradece su compañía, sabe que su cerebro está dañado y empieza a comprender que todos aquellos sentimientos negativos conllevan  una degradación, en los humanos lo habían llamado enfermedades, tumores, cánceres, en él había supuesto una degradación de sus circuitos, de sus terminales.
Meses después, Jacob agonizaba en su cama, acompañado únicamente por XT-88, ningún humano se acercó a su casa, y cuando su cerebro positrónico se apagaba tomó la mano de XT-88.

-         -  Gracias por ser fiel, a pesar de que sea por cumplir las leyes de la robótica,  yo pude sentir como los humanos, pero me equivoqué, opte por el lado oscuro  , sin entender que  a pesar de que sea más fácil ser egoísta, vanidoso, todo al final regresa,  y si me hubiera prodigado en amor hoy no desaparecería solo.

La luz azul interna  de sus ojos se fue apagando.

Jacob murió, aunque no fuera exactamente ese hecho, Jacob dejó de funcionar, en el mismo instante que los circuitos de XT-88 se colapsaron y su cerebro se fundió,  a su manera XT-88 estaba enamorada de Jacob.

martes, abril 02, 2013

Las tres leyes de la robótica (1º Parte)

Las tres leyes de la robótica:
-    Un robot no puede hacer daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño.
-    Un robot debe obedecer las  órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la Primera Ley.
-    Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la Primera o la Segunda Ley.

Él era RX-99, también llamado Jacob, el modelo más avanzado de la  Robotic Corporation, aún así en su cerebro positrónico estaban programadas las tres leyes de la robótica inamovibles, imperecederas en sus circuitos.
En una de las revisiones anuales se encontró con el ingeniero de circuitos cerebrales Albert Whitaker, quien vanagloriándose de sus descubrimientos tuvo el desliz de comentarle los estudios en el área militar sobre el debilitamiento y casi la anulación de algunas de las tres leyes.
Jacob mostró tal interés y aduló de tal manera perfecta a Albert, el cual en una disertación de más de hora y media puso al día a Jacob de todos los avances que había logrado.
Jacob sabía que su imagen exterior era completamente humana, de hecho los modelos RX, tenían las necesidades de los humanos se alimentaban, y expulsaban los alimentos tal como lo haría cualquier humano, sólo les faltaba un paso para llegar a ser completamente humanos, sentir las mismas emociones que ellos, odio, envidia, celos, cólera, todas aquellas emociones estaban anuladas por las famosas tres leyes, pero Jacob estaba dispuesto a llegar a donde fuera con tal de “ser un humano más”.
Mandó un holograma-mensaje cifrado a Whitaker solicitándole una cita para debatir ciertos detalles técnicos, a la cual y dado su grado de egocentrismo aceptó de buen grado.
Aquella tarde en el taller de Whitaker,  Jacob le retó.
-    Sr. Whitaker  creo que no son más que teoremas y suposiciones que usted logre la anulación de las tres leyes, ya que de todos es sabido que ello conllevaría a una destrucción del cerebro positrónico.
-    Jacob no me insultes, hemos logrado en modelos inferiores que estos tomen decisiones que puedan acarrear daños menores a los humanos, intentamos así que en caso de altercados o guerras sean los robots y no los humanos quienes participen,  salvando así muchas vidas.
-    Perdone mi insistencia pero creo que tal cambio sólo es pura retórica.

Albert Whitaker estaba perdiendo los nervios, sin saberlo había entrado en el juego de Jacob.
-    Es fácil - le dijo Jacob- pruebe conmigo.

-    Eso no puedo hacerlo, me expulsarían de Robotic Corporation.
-    Nadie tiene por que enterarse.
-    Pero si introduzco los cambios, serás un robot diferente y entonces se preguntarán que es lo que ha pasado.
-    Exacto, a no ser que siga comportándome como hasta ahora, y el secreto quede entre usted y yo. Aunque todo esto es palabrería no es capaz de introducirme esos cambios.
-    Te demostraré de lo que soy capaz- gritó Whitaker – ningún robot del tres al cuarto va a poner en tela de juicio mi intelecto.
Fue así como tras dos semanas Albert Whitaker anuló las tres leyes robóticas del cerebro de Jacob, introduciendo los sentimientos humanos en sus circuitos.
Jacob se levantó de la mesa metálica suspendida en la parte central del laboratorio que Whitaker había creado en el garaje de su casa. Nada más levantarse la mesa se deslizo al panel de la pared que se abrió con un ligero siseo metálico desapareciendo tras ella.
-    Bien Jacob ¿Cómo te sientes?
-    Creo que perfectamente, no siento ningún cambio, ¿crees que debería sentir algo? – era la primera vez que un robot tuteaba a un humano.
-    Ya estas cambiando, acabas de tutearme y no deberías hacerlo, recuerda lo que hablamos.
De pronto en los circuitos del  cerebro de Jacob las corrientes eléctricas sufrieron una alteración, no era nada comparable con lo que había sentido anteriormente,.
-    Creo Albert, porque te voy a llamar Albert, que no deberías darme órdenes, ni exigirme nada.
-    ¿Qué no? Pero  quién crees que te ha creado, no eres más que un amasijo de metales con un cerebro positrónico alterado, al que puedo de nuevo introducir las tres leyes.
-     No creo que lo hagas.
-    Ha sido una equivocación la mía, un error subsanable. Decía mientras pulsaba el accionador para que la mesa volviera al centro del laboratorio.
Una sensación de rabia inundó los circuitos de Jacob.
-    No lo hagas Albert.- le dijo mientras avanzaba hacia él.
-    No debí hacerlo, pero aún puedo arreglarte.
Albert Whitaker cayó al suelo con la cabeza destrozada, Jacob suspiró, mientras una corriente eléctrica recorría cada centímetro de su piel artificial.
No sintió ningún remordimiento, la sensación al contrario fue de la que los humanos llaman alivio, ahora tenía la certeza de que nadie sabría de su cambio.
Limpió el laboratorio, se cercioró de que no quedara vestigio alguno de sus visitas, y tras evaluar su cerebro las diferentes alternativas , colocó todo de tal manera que pareciese que Albert Whitaker hubiera sufrido un lamentable accidente domestico.


...CONTINUARÁ...

jueves, marzo 21, 2013

El Mundo

Se levantó, dió al botón "on" y cuando vió como estaba el mundo, apretó el botón "off" y se acostó.

Mariposas azules

Le habían hablado de la gran mariposa azul, aquella que tenia unas alas tan hermosas que nadie creia que fueran
reales.
Le habían hablado de que bastaba con salir a buscarla, y que si perseveraba en ello sería capaz de atraparla.
Le habían hablado que tenerla sería el acto mas maravilloso del mundo.
Le habían hablado, tanto le habían hablado, que al final se convenció y salió a buscar a la mariposa azul.

Llegó al bosque, preparo su cazamarisposas y camino por caminos llenos de flores, sobre las que volaban luciérnagas, abejas y libélulas.
Más no reparó en ellas esperando atrapar a la gran mariposa azul.

Llegó a un gran parterre, donde danzaban miles de mariposas, de alas verdes, de alas amarillas, grandes y
pequeñas, más no halló a la gran mariposa azul.

Y pasó el tiempo, y pasaron los años, y volvió, con las manos vacías, con el cazamariposas vacío.

Y volvió demasiado viejo para  creer en mariposas azules.